14 de noviembre de 2017

LAS CIUDADES MÁS INTELIGENTES DEL MUNDO

EasyParkGroup, una startup dedicada a optimizar datos de aparcamiento en ciudades, ha hecho público su Smart City Index 2017, un completísimo estudio sobre las ciudades más preparadas para el futuro. La investigación analiza 500 ciudades de todo el mundo, evaluando 19 categorías: eficiencia en el control del tráfico, parking inteligente, energía limpia, tratamiento de residuos, educación, ecosistema emprendedor, extensión de WiFi, digitalización de los servicios públicos, edificación inteligente, urbanismo, participación ciudadana, calidad de vida, acceso 4G y protección del medio ambiente, entre otros. Barcelona queda en una honrosa posición 53, por delante de ciudades como Milán (60), Bruselas (63), Lisboa (64) o Hong-Kong (68). Madrid está ligeramente mejor (posición 51).

Este ranking constituye uno de los trabajos de mayor profundidad realizados sobre el tema de las smart cities, elaborado a partir de más de 20.000 entrevistas a agentes públicos y privados de las ciudades analizadas, y aparece en el momento de celebración de la gran feria mundial del campo, el Smart City Expo World Congress de Barcelona, ​​del 14 al 16 de noviembre. Para los autores, una "smart city" debe ser una ciudad fuertemente digitalizada, con penetración de red 4G, alta densidad de puntos WiFi, y muy elevado ratio de uso de telefonía móvil. Pero también debe ser una ciudad sostenible (con extensión de energías renovables) e inmersa en un sistema de tráfico controlado por datos (inteligente y optimizado). Una “ciudad inteligente” está orientada al desarrollo de un ecosistema empresarial innovador y global, con elevada calidad de vida, y con la existencia de un marco institucional y político que potencie la innovación y el desarrollo tecnológico.

La ciudad más inteligente del mundo es Copenhague, seguida de Singapur y de Estocolmo. Copenhague destaca por su vibrante ecosistema de startups, su bajo grado de congestión de tráfico, y su propuesta de convertirse en ciudad totalmente libre de CO2 en 2025. Singapur cuenta con una de las redes públicas de transporte más eficientes del mundo. Estocolmo se caracteriza por el uso de las energías limpias, en un país (Suecia) que ya se alimenta de energías renovables en más del 50%. Entre las 10 primeras ciudades hay cinco de europeas (Copenhague, Estocolmo, Zurich, Amsterdam, y Ginebra), dos de asiáticas (Singapur y Tokio), dos estadounidenses (San Francisco y Boston), y una de australiana (Melbourne). La vieja Europa queda en buena posición en el ranking, especialmente los países del Norte, que hace tiempo que trabajan en su renovado contrato social: los gobiernos disponen las condiciones de contorno idóneas para la innovación y el desarrollo tecnológico (fiscalidad, incentivos, legislación favorable y estrategia a largo plazo), y los agentes privados crecen, generan ecosistemas y crean empleo de calidad. Asia crece y reconfigura el mapa mundial de la innovación, con una brutal apuesta por el desarrollo tecnológico: la zona de Tokyo es la más intensiva en la creación de patentes (94.000 patentes registradas entre 2010 y 2015, mientras Londres ha registrado unas 6.000, y Barcelona unas 2.000 en este periodo). Las emergentes ciudades asiáticas son claramente ciudades "techies", tecnológicamente avanzadas y con una demanda ciudadana muy sofisticada y exigente en nuevas tecnologías. Mientras, en Estados Unidos, San Francisco y Boston siguen liderando la innovación del país. E, incluso en la América de Trump, existen planes estratégicos para conseguir que California y Massachussets se alimenten totalmente de energías renovables 2050.


Una ciudad es un increíble ecosistema vivo y dinámico, con agentes públicos y privados que interactúan y generan valor económico, social y cultural (emprendedores, empresas, instituciones públicas, ciudadanos, consumidores, universidades, centros de investigación, living labs, laboratorios de fabricación (fablabs), incubadoras, aceleradoras, infraestructuras singulares y emblemáticas, centros culturales ...). La extensión de la digitalización, la internet de las cosas y el big data permiten que emerjan capas superiores de inteligencia que optimicen esta dinámica, y conviertan la ciudad en un eficiente sistema productivo e innovador, atractor de talento y generador de bienestar. Grandes megaorbes están surgiendo en el mundo, en un proceso acelerado de urbanización. 65 millones de personas migran cada año del campo a las ciudades, en todo el mundo (y, principalmente, en Asia), convirtiéndose instantáneamente en ciudadanos y consumidores de estándares globales (con acceso a internet, servicios financieros, educación, y salud). Las smart cities ya están maduras. Las ciudades se convierten en grandes laboratorios de innovación y tecnología. Quizás el mundo del futuro no será un mundo de países, ni siquiera de regiones. Como la antigua Grecia, tal vez el mundo que viene es un mundo de ciudades inteligentes.

(Artículo publicado en ViaEmpresa, el 14/11/2017)

9 de noviembre de 2017

LA PRÓXIMA VENTAJA COMPETITIVA

La Inteligencia Artificial (IA) liderará la nueva ola de disrupción digital. Si hace sólo un año nos maravillábamos de cómo una máquina de Google batía al 18 veces campeón mundial de Go, el coreano Lee Sedol, esta semana hemos conocido que la nueva versión del mismo algoritmo ha ganado por 100 a 0 a la versión de hace un año. Y lo ha hecho aprendiendo Go sin intervención humana: observando partidas y jugando contra sí misma. El progreso en la IA es exponencial, y avanza en diferentes frentes. Los algoritmos digitales tienen crecientes capacidades cognitivas, en atributos asociados exclusivamente, hasta hace poco, a los humanos: demuestran estrategia, creatividad y emociones. Parece ciencia-ficción, pero no lo es. La tecnología está lista para saltar al mercado, en una situación similar a la de internet en 1995. Sabemos que tenemos un poder transformador entre las manos, pero no sabemos cómo lo vamos a utilizar, ni qué nuevos modelos de negocio van a emerger. La IA desarrolla pensamiento estratégico y capacidades creativas: algoritmos digitales componen poemas y baladas pop, escriben guiones para cortos cinematográficos, diseñan logos y redactan artículos periodísticos. Aprenden de los trazos de Rembrandt, o de las partituras de Bach para pintar cuadros emotivos y componer sinfonías vibrantes. Sistemas de visión artificial aplicados a la venta identifican el estado emocional o la propensión a la compra de un cliente. En China, estos sistemas se quieren implementar para identificar potenciales criminales en base a su expresión facial. Según investigadores de Oxford, las máquinas serán capaces de traducir lenguajes hacia 2024, desarrollar ensayos completos hacia 2026, y escribir best-sellers hacia 2049. En 2060, la práctica totalidad de tareas humanas podrían ser desarrolladas por algoritmos y robots.

En el mundo empresarial, la IA ofrece una nueva frontera de competitividad: la conquista del conocimiento experto (también llamado conocimiento tácito). Existe un tipo de conocimiento que no puede expresarse en rutinas lógicas, y por tanto no puede programarse en software. Por ejemplo, el mecanismo por el cual identificamos a una persona conocida entre un colectivo de individuos similares, o cómo ganamos maestría intuitiva en la conducción de un vehículo. Es la famosa paradoja del filósofo Polanyi: sabemos más de lo que podemos explicar. Hasta ahora, las máquinas estaban limitadas por el conocimiento humano: sólo procesaban aquello que codificábamos en su software. Ahora ya no. Pueden aprender y reprogramarse de forma autónoma hasta el límite de la eficiencia para tomar decisiones intuitivas y basadas en la experiencia (la suya y la de otros), sea jugando al Go, lanzando promociones de mercado o tomando decisiones estratégicas de inversión. Y cuando aprenden, propagan esa experiencia mediante actualizaciones de software a sus máquinas homólogas. Lo inquietante es que, de acuerdo con Polanyi, el programador humano pierde el control de lo que sucede: las máquinas saben ya más de lo que podemos entender.

Tardaremos poco tiempo en convertir esa capacidad inteligente de generación de conocimiento experto en ventajas competitivas. Las empresas se convertirán en sistemas de proceso de datos, capturando información de sus actividades y de su entorno; y tomando decisiones cada vez más eficientes, aprendiendo de la experiencia. La IA permitirá determinar y potenciar las dimensiones de producto más valoradas por el consumidor, anticipar las tendencias de mercado, segmentar dinámicamente los precios, evaluar la predisposición y el momento de compra idóneo del cliente, e incluso definir una estrategia competitiva, midiendo sus resultados y haciéndolo cada vez mejor. El cerebro digital de la organización será capaz de crear conocimiento experto único. La empresa con mejor estrategia competitiva será aquélla con mayor cantidad y calidad de datos, y mejor estrategia de IA. Las marcas se computerizarán para volverse smart brands. “Creamos marcas inteligentes. La inteligencia artificial es la base de todo lo que hacemos, el núcleo que da poder a esas experiencias”, según el director de innovación digital de Coca-Cola. Microsoft utiliza un sistema de IA para seleccionar los titulares de sus noticias MSN, premiándolo cuando se maximizan las entradas (adaptándose así a las preferencias de sus consumidores). Empresas farmacéuticas usan autómatas en sus procesos de I+D, para rastrear información clave entre miles de publicaciones científicas de su ámbito, y plantear nuevas hipótesis de investigación. Unilever utiliza algoritmos de IA para seleccionar nuevos empleados. JP Morgan, para predecir oportunidades de inversión. Las líneas aéreas de Nueva Zelanda han desplegado avatares digitales interactivos (“digital humans”) como terminales de atención al cliente, capaces de mantener una conversación humana (con habilidades sociales avanzadas), soportados en IA de IBM. 

Las empresas en la frontera digital, que realizan inversiones masivas en IA, se convertirán en los proveedores de inteligencia electrónica de organizaciones de todo tipo. El management requerirá entender el valor estratégico de la tecnología. Pronto, el uso de la IA llegará a la PYME. E igual que en el PC se popularizó la etiqueta “Intel Inside” como factor competitivo, como muestra de potencia de cálculo interna, muy pronto el sistema de IA de la empresa será un elemento crítico de diferenciación.  ¿Cuál será la primera compañía de automoción, gran consumo, distribución o ingeniería que veremos con un “IBM Inside” o un “Google Inside”? ¿Cuál el primer bufete de abogados o el primer consultorio médico? Nuevas cadenas de valor de IA se están formando, y muy pronto sus terminales llegarán a nuestros trabajos, a nuestros smartphones, a nuestros hogares o a nuestros automóviles.

(Artículo publicado en La Vanguardia, el 05/11/2017)


4 de noviembre de 2017

UN REPASO A LOS LÍDERES DE 2017

El año va acabando, y empiezan a aparecer los ránkings. El otoño suele ser época de ránkings, mediciones y evaluaciones. Price Waterhouse ha publicado su estudio anual sobre las empresas más intensivas en I+D. Este estudio es la evolución del legendario Top 1000 R&D Spenders de BoozAllen Hamilton. Ya anticipábamos hace unas semanas el sorpasso de Amazon sobre el antiguo líder, Volkswagen, la última empresa de la vieja economía en ser definitivamente batida del podio de la I+D. Cuatro empresas que operan en la esfera digital la han superado en un año: Amazon, Alphabet (Google), Intel y Samsung. Intel ha sido espoleada por la creciente demanda de microprocesadores para las cada vez más ubicuas aplicaciones de big data e inteligencia artificial. Samsung ha redoblado esfuerzos en I+D para mantener la competitividad de sus Galaxy en la carrera móvil. Estas cuatro empresas han batido la última muralla de la economía analógica. Es de esperar que un torrente de empresas digitales conquisten definitivamente la cima de la economía mundial en los próximos años. Amazon ha incrementado sus inversiones en I+D en un 22’2% en el último año. Alphabet lo ha hecho en un 11,5%, Intel en un 4’72%, y Samsung en un 5’5% mientras que Volskwagen las ha reducido en un 3’3%. Las tres campeonas del ránking invierten un total de 55.400 millones de dólares en I+D, lo que equivale aproximadamente a 3,6 veces el esfuerzo en I+D en España (público y privado). Entre las 10 primeras, 6 compiten en el dominio digital (Amazon, Alphabet, Intel, Samsung, Microsoft y Apple). 3 en farmacia (Roche, Merck y Novartis). Y sólo Volkswagen se mantiene en las posiciones de cabeza como representante del antaño orgulloso sector del automóvil. Toyota, Ford o General Motors, las empresas más intensivas en I+D antes de la crisis, siguen cayendo. El cambio de escenario mundial y la completa digitalización de la economía es un hecho.

También se ha hecho público recientemente el ránking de marcas más valiosas 2017, elaborado por Fortune. Cinco de las marcas más intensivas en I+D aparecen también en el podio de las diez más valiosas: Apple, Alphabet (Google), Microsoft, Amazon y Samsung. El resto: Facebook, Coca-Cola, Disney, Toyota y McDonald’s. 6 de las 10 marcas más valiosas del mundo son ya digitales, algunas de ellas nacidas hace menos de dos décadas.



Las grandes potencias digitales tienen ya presencias del 60% aproximado en los ránkings económicos, consolidando posiciones y realizando esfuerzos crecientes en I+D digital, en campos como machine learning, reconocimiento de voz y texto, visión artificial, o realidad aumentada. Nuevas generaciones de procesadores son exigidas para dar respuesta a las crecientes necesidades de proceso de datos, propulsando los desarrollos y las inversiones en ingeniería electrónica. Las viejas empresas analógicas serán cada vez más dependientes de proveedores digitales para construir capacidades que ahora no tienen. Esa es la dinámica de la generación de nuevas cadenas de valor digitales: alianzas entre gigantes digitales, capaces de ofrecer soluciones de computación e inteligencia electrónica, con viejos líderes industriales, cuyo poder quedará progresivamente diluido en favor de los primeros. Mientras, Tesla, una de las grandes promesas del universo startup que ha querido conquistar el mundo del desarrollo de producto a escala integrándose completamente hacia delante, se encuentra inmersa en su “manufacturing hell” (infierno de producción). Veremos si lo supera: de momento, el ritmo de combustión de cash sigue siendo extremadamente preocupante.

29 de octubre de 2017

BIENVENIDOS A LA ERA DISTRIBUTIVA

Hace años leí un interesante libro de Brian Arthur: The Nature of Technology, What It Is and How it Evolves. En él, Arthur, profesor experto en materias tan apasionantes como la teoría de la complejidad, analiza la esencia de la tecnología: su creación (siempre asociada a un agente humano), y su evolución. El cambio tecnológico es un fascinante proceso de emergencia aleatoria de tecnologías, de variación y selección darwinista de las más útiles, y de complementariedad y competición entre ellas, que ha sustentado progreso humano desde el Paleolítico.

Esta semana he vuelto a encontrar un apasionante texto de Arthur: Where is Technology Taking the Economy?, publicado en McKinsey Quarterly. Según el autor, la tecnología ha creado una “segunda economía”, una economía digital, virtual, y cada vez más autónoma. Me he alegrado de compartir esta visión. En algunos de mis artículos ya he alertado de la posibilidad de que el proceso tecnológico nos lleve a la creación de agentes virtuales, empresas totalmente digitales, capaces de generar valor económico absolutamente sin necesidad de presencia humana. Empresas que analicen digitalmente el contexto competitivo tomen decisiones (mediante algoritmos de inteligencia artificial), ordenen compras, dispongan de cadenas de suministro y líneas de proceso automatizadas, y vendan por canales digitales o mediante avatares en punto de venta sin ninguna presencia humana. Creo factible que empresas como General Motors, Boeing, Merck o Siemens compitan y produzcan en un futuro próximo mediante sistemas de decisión digitales, y robots, casi sin necesidad de personas. Para Arthur, esto marca un punto de inflexión crítico. Si hasta ahora el reto era la generación de valor, ahora es la distribución de ese valor. Yo añadiría más: si el reto del desarrollo económico hasta ahora ha estado en la oferta (perfección de la competencia y la producción), ahora estará en la demanda (estímulo del consumo) con un mercado de trabajo anémico y sociedades empobrecidas en las economías avanzadas. “La política cambiará, las creencias del mercado libre cambiarán, y las estructuras sociales también”, según el autor.

Para Arthur, el fenómeno se debe a entrar en una especie de tercera fase de desarrollo digital (en una lógica similar a la de la 4ª revolución industrial). En una primera etapa (1980-90), desarrollamos procesadores y potencia de cálculo. En una segunda (1990-2000), los conectamos mediante internet. Pero ahora, no sólo conectamos dispositivos y datos, sino que obtenemos patrones y referencias de los mismos. Océanos de datos son generados constantemente, y ahora disponemos de sistemas que permitan conectar la información. El famoso “connecting the dots” de Steve Jobs reaparece con fuerza. Algoritmos digitales pueden generar patrones: a partir de los pixels, reconocen una cara. A partir de los sonidos, reconocen una conversación. A partir de los datos históricos, reconocen una tendencia. A partir de las observaciones de fenómenos naturales, reconocen (o inducen) una nueva ley física. A partir de indicadores empresariales, reconocen una estrategia. Por primera vez, los ordenadores desarrollan una capacidad reservada hasta ahora a los humanos: la asociación de información para generar patrones lógicos superiores. Si esa información es inconexa y asocia conceptos no previamente relacionados, los patrones emergentes son patrones creativos. Se externaliza la inteligencia. Podemos estar ante un fenómeno similar al que significó la invención de la imprenta. Con ella, la información dejó de ser propiedad de una serie de monasterios aislados, y se abrió al mundo, con su impacto en la revolución científica posterior que originó la Ilustración, y desencadenó el capitalismo moderno. Ahora, es la inteligencia (el uso de la información) la que se externaliza a las conversaciones entre sistemas digitales autónomos.

¿Cuál será el efecto de la externalización de la inteligencia en los negocios (o, mejor dicho, de la commoditización de la misma)? No sólo la emergencia de nuevos modelos de negocio y de nuevas posibilidades empresariales, ahora impensables (el tiempo las irá desvelando). La extensión de la economía virtual tendrá un fuerte impacto en el mercado de trabajo (en esto también coincidimos con Arthur). Los economistas clásicos siguen defendiendo que, ante cualquier cambio tecnológico, los viejos empleos son substituidos por nuevos empleos. El automóvil supuso el fin de los conductores de carrozas y de múltiples artesanos del metal. Pero el balance fue positivo. Como la llegada del ordenador, internet o el teléfono móvil, creadores netos de industrias enteras. Pero ahora el escenario es diferente: una “twin economy” (economía gemela), digital, se está construyendo. Los empleos que desaparecen no son substituidos porque pasan a formar parte de esa economía virtual, son desarrollados por algoritmos. Empleos de carga cognitiva e inteligencia creciente. Quizá hemos llegado al “punto de Keynes” (quien predijo que en 2030 existiría producción en abundancia, pero desempleo masivo).

La conclusión de Arthur es que hemos iniciado la Era Distributiva, un nuevo tiempo donde la producción de bienes y servicios deja de ser un problema, y el gran reto es desplegar mecanismos de distribución eficiente del valor creado. Mientras en la vieja Era Productiva las políticas de desarrollo incentivaban el crecimiento económico (proyectado en el PIB), un nuevo mindset debe ser creado y desplegado cuando la gran restricción no es la producción ni el crecimiento, sino el acceso al trabajo y a los bienes. La Era Distributiva cuestionará los viejos principios del capitalismo ortodoxo y, para bien o para mal, será una era de intensa carga política. La producción y el crecimiento ya son sólo problemas de tecnología e ingeniería. La distribución del valor para evitar que el sistema colapse es un urgente problema político.



22 de octubre de 2017

LA ECONOMÍA DE LA FELICIDAD

¿Podemos dar una dirección moral a la economía? ¿Tiene todavía sentido la afirmación de Milton Friedman de que “el único objetivo de una empresa es crear valor para sus accionistas”? ¿A dónde nos lleva este pensamiento económico? Estamos en una encrucijada, un gran punto de bifurcación: la humanidad se puede encaminar hacia un mundo de abundancia, gracias a las nuevas tecnologías; o a una especie de tecno-feudalismo, dominado por una pequeña élite de opulentos inversores y creativos emprendedores, rodeados de una inmensa desigualdad y pobreza. La robótica, la inteligencia artificial, la genómica y los nuevos materiales sitúan a la humanidad ante un horizonte tan esperanzador como incierto. A un lado, el tren de la abundancia: recursos suficientes para todos, gracias a una tecnología liberadora, democrática, simplificadora de problemas y mejoradora de experiencias. Una tecnología que puede disociar a la persona del trabajo: el trabajo puede ser totalmente asignado a las máquinas. Y, al otro lado, el tren del feudalismo tecnológico: el desplazamiento despiadado de empleados por algoritmos digitales y autómatas. La desigualdad, la pobreza y la precariedad impulsada por una nueva versión de ultracapitalismo financiero y tecnológico. Detrás de esa precariedad, la desaparición de las democracias, la quiebra de los estados del bienestar, y la emergencia de extremismos políticos. En el tren de la abundancia, la máquina está al servicio del ser humano. En el otro, el hombre ha perdido su identidad en un mundo biónico y subyugado por el poder de la tecnoeconomía.

Mi nuevo libro, Economía de la Felicidad (Plataforma Editorial), escrito junto con Josep Maria Coll, examina la encrucijada a que nos enfrentamos y propone, sin negar los riesgos distópicos que acechan al porvenir de la humanidad, una hoja de ruta con las claves para aprovechar la oportunidad que representa la tecnología y las posibilidades que ésta abre para acabar con la pobreza, la desigualdad y el trabajo precario. La Renta Básica Universal es condición necesaria, pero no suficiente. Y no es inmediata, debe plantearse a largo plazo. Constituye un horizonte posible, una gran meta como culminación de un sistema, el capitalista, que ha conseguido sacar a millones de personas de la pobreza, pero que puede colapsar como consecuencia de la tecnificación masiva. Necesitaremos grandes dosis de innovación social, y la construcción de nuevos paradigmas basados en una educación capaz de formar personas libres, con sentido crítico, comprometidas socialmente, y con pleno desarrollo de sus capacidades y talento natural.

Podemos avanzar hacia un mundo casi utópico, donde la pobreza se haya abolido, la tecnología trabaje para sustentar el bienestar global, y donde las personas desarrollen su creatividad para ser felices. El talento libre y motivado por un propósito superior es la clave para la construcción de auténticas economías del conocimiento, creativas y humanísticas, generadoras de prosperidad compartida. En ese escenario, la economía de la felicidad es posible.


¡Espero que os guste el libro! Está ya en Amazon (aquí), y en librerías a partir del 30/10 😉

13 de octubre de 2017

REDES SOCIALES, CIBERSEGURIDAD Y DEMOCRACIA

Durante la campaña presidencial americana de 2016, unas 500 cuentas de supuestos ciudadanos americanos fueron sigilosamente abiertas en Facebook. Dichas cuentas compraron más de 3.000 espacios publicitarios políticos, y empezaron a emitir opinión sobre el curso de los acontecimientos, a abrir foros de debate, y a participar en debates preexistentes. Alrededor de las mismas se generaron falsas noticias (“fake news”) y posts inflamatorios (“inflamatory posts”), que se propagaron viralmente por la red, según The New York Times, en un ejercicio de operaciones organizadas por alguna misteriosa entidad, con la aparente finalidad de influir en los resultados presidenciales. Quienes estaban inyectando material de modulación de la opinión pública no eran pacíficos ciudadanos americanos. Eran trolls (agentes anónimos) rusos. Más de 100.000 $ fueron invertidos en la red social por grupos de activistas vinculados a la inteligencia rusa. Su efecto alcanzó a más de 10 millones de usuarios.

Hoy existe una batalla legal para que esas cuentas radiactivas sean desveladas, pero Facebook no quiere hacerlo (aunque sí que las ha compartido con el Congreso norteamericano).  Al fin y al cabo, Facebook es una compañía con negocios globales, y quizá no acierta a ofrecer soluciones a este inesperado problema, que hasta hace muy poco negaba, y que parece que tiene una dimensión muy superior a la que parecía. Sin embargo, la estrategia de intromisión digital va más allá de Facebook. Google ha hecho público que existen evidencias de material de influencia digital rusa en Youtube, Gmail y otras plataformas digitales. Incluso en Instagram, red de amplio uso entre adolescentes.

¿Tuvo Facebook un rol decisivo en la victoria de Donald Trump? Quizá nunca lo sepamos. Pero lo que ha ocurrido es un punto de inflexión en la concepción de la democracia y en el control de los instrumentos que pueden afectarla. Si, en lugar de los 100.000 $ detectados en modo de interferencia rusa para alterar la opinión pública norteamericana, alguien hubiera invertido un billón de dólares, ¿qué hubiera pasado? ¿Se puede modular, o incluso, transformar completamente un estado de opinión en una gran muestra de población conectada digitalmente? El posible impacto de Facebook en el resultado de unas elecciones parece, hoy por hoy incuestionable. Ya en 2010 se llevó a cabo un interesante experimento. En unas elecciones al congreso, se añadió a Facebook una aplicación electoral que constaba de tres gadgets: un mapa con los lugares de voto, un botón “I’ve voted”, y, una vez presionado éste, un gráfico que presentaba la imagen de 6 contactos que también habían votado. Se estimó que la aplicación movilizó directamente 60.000 nuevos votantes (que se hubieran abstenido sin ella), e indirectamente (a través de los contactos), 340.000 votos más. Algo que podía ser absolutamente decisivo, teniendo en cuenta que George Bush ganó Florida (y la presidencia) por sólo 537 votos.

Sumemos a ese brutal potencial de incidir en la opinión y en la conducta del ciudadano los potentes algoritmos de inteligencia artificial que están desarrollando todas las grandes empresas en la frontera digital, y su inmensa base de datos de usuarios (más de 2.000 millones en Facebook). ¿Y si, por ejemplo, Zuckerberg -o alguien que le pague por ello- detecta y segmenta automáticamente todos aquellos usuarios de Facebook cuyo perfil está relacionado con una determinada opción política, e inmediatamente empieza a diseminar material dirigido, para disuadirles de votar, o inducir un cambio de opción de voto? En marketing, las aplicaciones son inmediatas. Si queremos crear un estado de opinión sobre un producto -en positivo o en negativo-, sólo cabe acudir a Facebook. ¿Podríamos generar una campaña ofensiva de desprestigio del competidor, y borrarlo del mapa, a través de fake news u otras artimañas psicológicamente más elaboradas? ¿Podemos crear nuevas necesidades, de la nada, gracias a brutales campañas de márketing indirecto en Facebook? ¿Podemos posicionar o desposicionar un producto o una marca instantáneamente a través de redes sociales? 


En el mundo digital aparecen tantas oportunidades inesperadas como escalofriantes amenazas. A medida que digitalización se extiende, los dispositivos se interconectan y aparecen capas superiores de inteligencia, más y mejores sistemas de prevención y control deben activarse. La seguridad informática y el buen uso de los sistemas de información no sólo serán un tema estratégico a nivel militar, o político. Lo serán por su posible afectación en cualquier ámbito de la vida cotidiana. Este campo dará mucho que hablar en el futuro. Si lo descuidamos, podemos encontrarnos magnates rusos decidiendo elecciones en EEUU o Alemania, yihadistas convirtiendo en misiles las flotas de vehículos autoconducidos de las ciudades occidentales, o hackers norcoreanos dosificando la insulina de los enfermos de diabetes. Si conoce alguna start-up de ciberseguridad, invierta en ella. 

7 de octubre de 2017

DESDE LA DESOLACIÓN

Escribo desde la desolación de una semana que jamás podré olvidar. Empresas emblemáticas han anunciado que abandonan mi tierra, abrumadas por el miedo a la inseguridad jurídica y la incertidumbre ante lo que puede pasar. Caixabank (“La Caixa”), Banc de Sabadell, Gas Natural, Aguas de Barcelona, Oryzon Genomics, Dogi, Service Point… Empresas que temen quedar atrapadas en una especie de tierra de nadie, fuera del paraguas de la Unión Europea, posiblemente el mayor proyecto de solidaridad política y social del mundo. Proyecto que fue diseñado tras un siglo de guerras que desgraciadamente se ha borrado de nuestra memoria colectiva. 

Es cierto que quizá el movimiento de fuga de alguna de esas empresas sea sólo táctico, momentáneo, para tranquilizar a sus accionistas ante la imprevisibilidad y extrema incertidumbre del momento. Muchas volverán, porque sus mercados continúan aquí. Al final, sólo trasladan sus sedes sociales. Pero algo me dice que el fondo es estratégico. Catalunya puede perder en pocos días gran parte de sus activos financieros, tecnológicos e industriales, acumulados a lo largo de años de paciente trabajo. Me temo que una vez en otros entornos, poco a poco, nuevos directivos y nuevos horizontes se irán apoderando de esas compañías, alejando la posibilidad de nuevas inversiones, crecimiento y empleo en Catalunya. Deseo equivocarme. Pero, desgraciadamente, estos días turbulentos han empañado la potente imagen de Barcelona, y su marca internacional. Una ciudad abierta y cosmopolita, cuyo cénit se logró con los magníficos Juegos Olímpicos del 92, otro gran proyecto de colaboración y generosidad. Mucho deben cambiar las cosas para que las imágenes de esta semana, diseminadas por todo el planeta a velocidad digital, no eviten la cancelación de nuevas inversiones y la atracción de talento internacional. Miles de jóvenes estudiantes, que tenían Barcelona entre sus preferencias para formarse y disfrutar de una de las ciudades más bonitas del mundo, pueden estar ya buscando otros destinos en el mapa.

Perdonadme estos días de infinita tristeza. Se me agotan las ganas de seguir hablando sobre innovación, de seguir explicando batallitas sobre países y empresas que despuntan y generan valor, y de seguir motivando alumnos y lectores para que aprendan a innovar con éxito en un mundo cada vez más global, más complejo, y más dinámico. ¿Qué nos está pasando? ¿Vivo en una pesadilla? En una semana han pasado ante mis ojos, como en un surrealista cuadro de Dalí, imágenes de cargas policiales, ciudadanos aporreados por implacables antidisturbios, caceroladas en la noche, banderas por todas partes, escraches, carreteras cortadas, discursos irresponsables, miedos de corralitos, y fuga de sueños, muchos sueños que se van… No conozco la solución, ni quiero caer en la trampa de señalar al culpable. Quizá una generación entera de políticos deba marcharse urgentemente y dar paso a una nueva oleada de líderes que sepan reconducir la situación, buscar consensos, reparar las heridas, y recuperar el valor económico y social perdido.

Por suerte, siempre queda la montaña, el otoño, y el paso del tiempo, que también se llevará unos días tristes, que espero que olvidemos pronto.