14 de noviembre de 2017

LAS CIUDADES MÁS INTELIGENTES DEL MUNDO

EasyParkGroup, una startup dedicada a optimizar datos de aparcamiento en ciudades, ha hecho público su Smart City Index 2017, un completísimo estudio sobre las ciudades más preparadas para el futuro. La investigación analiza 500 ciudades de todo el mundo, evaluando 19 categorías: eficiencia en el control del tráfico, parking inteligente, energía limpia, tratamiento de residuos, educación, ecosistema emprendedor, extensión de WiFi, digitalización de los servicios públicos, edificación inteligente, urbanismo, participación ciudadana, calidad de vida, acceso 4G y protección del medio ambiente, entre otros. Barcelona queda en una honrosa posición 53, por delante de ciudades como Milán (60), Bruselas (63), Lisboa (64) o Hong-Kong (68). Madrid está ligeramente mejor (posición 51).

Este ranking constituye uno de los trabajos de mayor profundidad realizados sobre el tema de las smart cities, elaborado a partir de más de 20.000 entrevistas a agentes públicos y privados de las ciudades analizadas, y aparece en el momento de celebración de la gran feria mundial del campo, el Smart City Expo World Congress de Barcelona, ​​del 14 al 16 de noviembre. Para los autores, una "smart city" debe ser una ciudad fuertemente digitalizada, con penetración de red 4G, alta densidad de puntos WiFi, y muy elevado ratio de uso de telefonía móvil. Pero también debe ser una ciudad sostenible (con extensión de energías renovables) e inmersa en un sistema de tráfico controlado por datos (inteligente y optimizado). Una “ciudad inteligente” está orientada al desarrollo de un ecosistema empresarial innovador y global, con elevada calidad de vida, y con la existencia de un marco institucional y político que potencie la innovación y el desarrollo tecnológico.

La ciudad más inteligente del mundo es Copenhague, seguida de Singapur y de Estocolmo. Copenhague destaca por su vibrante ecosistema de startups, su bajo grado de congestión de tráfico, y su propuesta de convertirse en ciudad totalmente libre de CO2 en 2025. Singapur cuenta con una de las redes públicas de transporte más eficientes del mundo. Estocolmo se caracteriza por el uso de las energías limpias, en un país (Suecia) que ya se alimenta de energías renovables en más del 50%. Entre las 10 primeras ciudades hay cinco de europeas (Copenhague, Estocolmo, Zurich, Amsterdam, y Ginebra), dos de asiáticas (Singapur y Tokio), dos estadounidenses (San Francisco y Boston), y una de australiana (Melbourne). La vieja Europa queda en buena posición en el ranking, especialmente los países del Norte, que hace tiempo que trabajan en su renovado contrato social: los gobiernos disponen las condiciones de contorno idóneas para la innovación y el desarrollo tecnológico (fiscalidad, incentivos, legislación favorable y estrategia a largo plazo), y los agentes privados crecen, generan ecosistemas y crean empleo de calidad. Asia crece y reconfigura el mapa mundial de la innovación, con una brutal apuesta por el desarrollo tecnológico: la zona de Tokyo es la más intensiva en la creación de patentes (94.000 patentes registradas entre 2010 y 2015, mientras Londres ha registrado unas 6.000, y Barcelona unas 2.000 en este periodo). Las emergentes ciudades asiáticas son claramente ciudades "techies", tecnológicamente avanzadas y con una demanda ciudadana muy sofisticada y exigente en nuevas tecnologías. Mientras, en Estados Unidos, San Francisco y Boston siguen liderando la innovación del país. E, incluso en la América de Trump, existen planes estratégicos para conseguir que California y Massachussets se alimenten totalmente de energías renovables 2050.


Una ciudad es un increíble ecosistema vivo y dinámico, con agentes públicos y privados que interactúan y generan valor económico, social y cultural (emprendedores, empresas, instituciones públicas, ciudadanos, consumidores, universidades, centros de investigación, living labs, laboratorios de fabricación (fablabs), incubadoras, aceleradoras, infraestructuras singulares y emblemáticas, centros culturales ...). La extensión de la digitalización, la internet de las cosas y el big data permiten que emerjan capas superiores de inteligencia que optimicen esta dinámica, y conviertan la ciudad en un eficiente sistema productivo e innovador, atractor de talento y generador de bienestar. Grandes megaorbes están surgiendo en el mundo, en un proceso acelerado de urbanización. 65 millones de personas migran cada año del campo a las ciudades, en todo el mundo (y, principalmente, en Asia), convirtiéndose instantáneamente en ciudadanos y consumidores de estándares globales (con acceso a internet, servicios financieros, educación, y salud). Las smart cities ya están maduras. Las ciudades se convierten en grandes laboratorios de innovación y tecnología. Quizás el mundo del futuro no será un mundo de países, ni siquiera de regiones. Como la antigua Grecia, tal vez el mundo que viene es un mundo de ciudades inteligentes.

(Artículo publicado en ViaEmpresa, el 14/11/2017)

9 de noviembre de 2017

LA PRÓXIMA VENTAJA COMPETITIVA

La Inteligencia Artificial (IA) liderará la nueva ola de disrupción digital. Si hace sólo un año nos maravillábamos de cómo una máquina de Google batía al 18 veces campeón mundial de Go, el coreano Lee Sedol, esta semana hemos conocido que la nueva versión del mismo algoritmo ha ganado por 100 a 0 a la versión de hace un año. Y lo ha hecho aprendiendo Go sin intervención humana: observando partidas y jugando contra sí misma. El progreso en la IA es exponencial, y avanza en diferentes frentes. Los algoritmos digitales tienen crecientes capacidades cognitivas, en atributos asociados exclusivamente, hasta hace poco, a los humanos: demuestran estrategia, creatividad y emociones. Parece ciencia-ficción, pero no lo es. La tecnología está lista para saltar al mercado, en una situación similar a la de internet en 1995. Sabemos que tenemos un poder transformador entre las manos, pero no sabemos cómo lo vamos a utilizar, ni qué nuevos modelos de negocio van a emerger. La IA desarrolla pensamiento estratégico y capacidades creativas: algoritmos digitales componen poemas y baladas pop, escriben guiones para cortos cinematográficos, diseñan logos y redactan artículos periodísticos. Aprenden de los trazos de Rembrandt, o de las partituras de Bach para pintar cuadros emotivos y componer sinfonías vibrantes. Sistemas de visión artificial aplicados a la venta identifican el estado emocional o la propensión a la compra de un cliente. En China, estos sistemas se quieren implementar para identificar potenciales criminales en base a su expresión facial. Según investigadores de Oxford, las máquinas serán capaces de traducir lenguajes hacia 2024, desarrollar ensayos completos hacia 2026, y escribir best-sellers hacia 2049. En 2060, la práctica totalidad de tareas humanas podrían ser desarrolladas por algoritmos y robots.

En el mundo empresarial, la IA ofrece una nueva frontera de competitividad: la conquista del conocimiento experto (también llamado conocimiento tácito). Existe un tipo de conocimiento que no puede expresarse en rutinas lógicas, y por tanto no puede programarse en software. Por ejemplo, el mecanismo por el cual identificamos a una persona conocida entre un colectivo de individuos similares, o cómo ganamos maestría intuitiva en la conducción de un vehículo. Es la famosa paradoja del filósofo Polanyi: sabemos más de lo que podemos explicar. Hasta ahora, las máquinas estaban limitadas por el conocimiento humano: sólo procesaban aquello que codificábamos en su software. Ahora ya no. Pueden aprender y reprogramarse de forma autónoma hasta el límite de la eficiencia para tomar decisiones intuitivas y basadas en la experiencia (la suya y la de otros), sea jugando al Go, lanzando promociones de mercado o tomando decisiones estratégicas de inversión. Y cuando aprenden, propagan esa experiencia mediante actualizaciones de software a sus máquinas homólogas. Lo inquietante es que, de acuerdo con Polanyi, el programador humano pierde el control de lo que sucede: las máquinas saben ya más de lo que podemos entender.

Tardaremos poco tiempo en convertir esa capacidad inteligente de generación de conocimiento experto en ventajas competitivas. Las empresas se convertirán en sistemas de proceso de datos, capturando información de sus actividades y de su entorno; y tomando decisiones cada vez más eficientes, aprendiendo de la experiencia. La IA permitirá determinar y potenciar las dimensiones de producto más valoradas por el consumidor, anticipar las tendencias de mercado, segmentar dinámicamente los precios, evaluar la predisposición y el momento de compra idóneo del cliente, e incluso definir una estrategia competitiva, midiendo sus resultados y haciéndolo cada vez mejor. El cerebro digital de la organización será capaz de crear conocimiento experto único. La empresa con mejor estrategia competitiva será aquélla con mayor cantidad y calidad de datos, y mejor estrategia de IA. Las marcas se computerizarán para volverse smart brands. “Creamos marcas inteligentes. La inteligencia artificial es la base de todo lo que hacemos, el núcleo que da poder a esas experiencias”, según el director de innovación digital de Coca-Cola. Microsoft utiliza un sistema de IA para seleccionar los titulares de sus noticias MSN, premiándolo cuando se maximizan las entradas (adaptándose así a las preferencias de sus consumidores). Empresas farmacéuticas usan autómatas en sus procesos de I+D, para rastrear información clave entre miles de publicaciones científicas de su ámbito, y plantear nuevas hipótesis de investigación. Unilever utiliza algoritmos de IA para seleccionar nuevos empleados. JP Morgan, para predecir oportunidades de inversión. Las líneas aéreas de Nueva Zelanda han desplegado avatares digitales interactivos (“digital humans”) como terminales de atención al cliente, capaces de mantener una conversación humana (con habilidades sociales avanzadas), soportados en IA de IBM. 

Las empresas en la frontera digital, que realizan inversiones masivas en IA, se convertirán en los proveedores de inteligencia electrónica de organizaciones de todo tipo. El management requerirá entender el valor estratégico de la tecnología. Pronto, el uso de la IA llegará a la PYME. E igual que en el PC se popularizó la etiqueta “Intel Inside” como factor competitivo, como muestra de potencia de cálculo interna, muy pronto el sistema de IA de la empresa será un elemento crítico de diferenciación.  ¿Cuál será la primera compañía de automoción, gran consumo, distribución o ingeniería que veremos con un “IBM Inside” o un “Google Inside”? ¿Cuál el primer bufete de abogados o el primer consultorio médico? Nuevas cadenas de valor de IA se están formando, y muy pronto sus terminales llegarán a nuestros trabajos, a nuestros smartphones, a nuestros hogares o a nuestros automóviles.

(Artículo publicado en La Vanguardia, el 05/11/2017)


4 de noviembre de 2017

UN REPASO A LOS LÍDERES DE 2017

El año va acabando, y empiezan a aparecer los ránkings. El otoño suele ser época de ránkings, mediciones y evaluaciones. Price Waterhouse ha publicado su estudio anual sobre las empresas más intensivas en I+D. Este estudio es la evolución del legendario Top 1000 R&D Spenders de BoozAllen Hamilton. Ya anticipábamos hace unas semanas el sorpasso de Amazon sobre el antiguo líder, Volkswagen, la última empresa de la vieja economía en ser definitivamente batida del podio de la I+D. Cuatro empresas que operan en la esfera digital la han superado en un año: Amazon, Alphabet (Google), Intel y Samsung. Intel ha sido espoleada por la creciente demanda de microprocesadores para las cada vez más ubicuas aplicaciones de big data e inteligencia artificial. Samsung ha redoblado esfuerzos en I+D para mantener la competitividad de sus Galaxy en la carrera móvil. Estas cuatro empresas han batido la última muralla de la economía analógica. Es de esperar que un torrente de empresas digitales conquisten definitivamente la cima de la economía mundial en los próximos años. Amazon ha incrementado sus inversiones en I+D en un 22’2% en el último año. Alphabet lo ha hecho en un 11,5%, Intel en un 4’72%, y Samsung en un 5’5% mientras que Volskwagen las ha reducido en un 3’3%. Las tres campeonas del ránking invierten un total de 55.400 millones de dólares en I+D, lo que equivale aproximadamente a 3,6 veces el esfuerzo en I+D en España (público y privado). Entre las 10 primeras, 6 compiten en el dominio digital (Amazon, Alphabet, Intel, Samsung, Microsoft y Apple). 3 en farmacia (Roche, Merck y Novartis). Y sólo Volkswagen se mantiene en las posiciones de cabeza como representante del antaño orgulloso sector del automóvil. Toyota, Ford o General Motors, las empresas más intensivas en I+D antes de la crisis, siguen cayendo. El cambio de escenario mundial y la completa digitalización de la economía es un hecho.

También se ha hecho público recientemente el ránking de marcas más valiosas 2017, elaborado por Fortune. Cinco de las marcas más intensivas en I+D aparecen también en el podio de las diez más valiosas: Apple, Alphabet (Google), Microsoft, Amazon y Samsung. El resto: Facebook, Coca-Cola, Disney, Toyota y McDonald’s. 6 de las 10 marcas más valiosas del mundo son ya digitales, algunas de ellas nacidas hace menos de dos décadas.



Las grandes potencias digitales tienen ya presencias del 60% aproximado en los ránkings económicos, consolidando posiciones y realizando esfuerzos crecientes en I+D digital, en campos como machine learning, reconocimiento de voz y texto, visión artificial, o realidad aumentada. Nuevas generaciones de procesadores son exigidas para dar respuesta a las crecientes necesidades de proceso de datos, propulsando los desarrollos y las inversiones en ingeniería electrónica. Las viejas empresas analógicas serán cada vez más dependientes de proveedores digitales para construir capacidades que ahora no tienen. Esa es la dinámica de la generación de nuevas cadenas de valor digitales: alianzas entre gigantes digitales, capaces de ofrecer soluciones de computación e inteligencia electrónica, con viejos líderes industriales, cuyo poder quedará progresivamente diluido en favor de los primeros. Mientras, Tesla, una de las grandes promesas del universo startup que ha querido conquistar el mundo del desarrollo de producto a escala integrándose completamente hacia delante, se encuentra inmersa en su “manufacturing hell” (infierno de producción). Veremos si lo supera: de momento, el ritmo de combustión de cash sigue siendo extremadamente preocupante.

29 de octubre de 2017

BIENVENIDOS A LA ERA DISTRIBUTIVA

Hace años leí un interesante libro de Brian Arthur: The Nature of Technology, What It Is and How it Evolves. En él, Arthur, profesor experto en materias tan apasionantes como la teoría de la complejidad, analiza la esencia de la tecnología: su creación (siempre asociada a un agente humano), y su evolución. El cambio tecnológico es un fascinante proceso de emergencia aleatoria de tecnologías, de variación y selección darwinista de las más útiles, y de complementariedad y competición entre ellas, que ha sustentado progreso humano desde el Paleolítico.

Esta semana he vuelto a encontrar un apasionante texto de Arthur: Where is Technology Taking the Economy?, publicado en McKinsey Quarterly. Según el autor, la tecnología ha creado una “segunda economía”, una economía digital, virtual, y cada vez más autónoma. Me he alegrado de compartir esta visión. En algunos de mis artículos ya he alertado de la posibilidad de que el proceso tecnológico nos lleve a la creación de agentes virtuales, empresas totalmente digitales, capaces de generar valor económico absolutamente sin necesidad de presencia humana. Empresas que analicen digitalmente el contexto competitivo tomen decisiones (mediante algoritmos de inteligencia artificial), ordenen compras, dispongan de cadenas de suministro y líneas de proceso automatizadas, y vendan por canales digitales o mediante avatares en punto de venta sin ninguna presencia humana. Creo factible que empresas como General Motors, Boeing, Merck o Siemens compitan y produzcan en un futuro próximo mediante sistemas de decisión digitales, y robots, casi sin necesidad de personas. Para Arthur, esto marca un punto de inflexión crítico. Si hasta ahora el reto era la generación de valor, ahora es la distribución de ese valor. Yo añadiría más: si el reto del desarrollo económico hasta ahora ha estado en la oferta (perfección de la competencia y la producción), ahora estará en la demanda (estímulo del consumo) con un mercado de trabajo anémico y sociedades empobrecidas en las economías avanzadas. “La política cambiará, las creencias del mercado libre cambiarán, y las estructuras sociales también”, según el autor.

Para Arthur, el fenómeno se debe a entrar en una especie de tercera fase de desarrollo digital (en una lógica similar a la de la 4ª revolución industrial). En una primera etapa (1980-90), desarrollamos procesadores y potencia de cálculo. En una segunda (1990-2000), los conectamos mediante internet. Pero ahora, no sólo conectamos dispositivos y datos, sino que obtenemos patrones y referencias de los mismos. Océanos de datos son generados constantemente, y ahora disponemos de sistemas que permitan conectar la información. El famoso “connecting the dots” de Steve Jobs reaparece con fuerza. Algoritmos digitales pueden generar patrones: a partir de los pixels, reconocen una cara. A partir de los sonidos, reconocen una conversación. A partir de los datos históricos, reconocen una tendencia. A partir de las observaciones de fenómenos naturales, reconocen (o inducen) una nueva ley física. A partir de indicadores empresariales, reconocen una estrategia. Por primera vez, los ordenadores desarrollan una capacidad reservada hasta ahora a los humanos: la asociación de información para generar patrones lógicos superiores. Si esa información es inconexa y asocia conceptos no previamente relacionados, los patrones emergentes son patrones creativos. Se externaliza la inteligencia. Podemos estar ante un fenómeno similar al que significó la invención de la imprenta. Con ella, la información dejó de ser propiedad de una serie de monasterios aislados, y se abrió al mundo, con su impacto en la revolución científica posterior que originó la Ilustración, y desencadenó el capitalismo moderno. Ahora, es la inteligencia (el uso de la información) la que se externaliza a las conversaciones entre sistemas digitales autónomos.

¿Cuál será el efecto de la externalización de la inteligencia en los negocios (o, mejor dicho, de la commoditización de la misma)? No sólo la emergencia de nuevos modelos de negocio y de nuevas posibilidades empresariales, ahora impensables (el tiempo las irá desvelando). La extensión de la economía virtual tendrá un fuerte impacto en el mercado de trabajo (en esto también coincidimos con Arthur). Los economistas clásicos siguen defendiendo que, ante cualquier cambio tecnológico, los viejos empleos son substituidos por nuevos empleos. El automóvil supuso el fin de los conductores de carrozas y de múltiples artesanos del metal. Pero el balance fue positivo. Como la llegada del ordenador, internet o el teléfono móvil, creadores netos de industrias enteras. Pero ahora el escenario es diferente: una “twin economy” (economía gemela), digital, se está construyendo. Los empleos que desaparecen no son substituidos porque pasan a formar parte de esa economía virtual, son desarrollados por algoritmos. Empleos de carga cognitiva e inteligencia creciente. Quizá hemos llegado al “punto de Keynes” (quien predijo que en 2030 existiría producción en abundancia, pero desempleo masivo).

La conclusión de Arthur es que hemos iniciado la Era Distributiva, un nuevo tiempo donde la producción de bienes y servicios deja de ser un problema, y el gran reto es desplegar mecanismos de distribución eficiente del valor creado. Mientras en la vieja Era Productiva las políticas de desarrollo incentivaban el crecimiento económico (proyectado en el PIB), un nuevo mindset debe ser creado y desplegado cuando la gran restricción no es la producción ni el crecimiento, sino el acceso al trabajo y a los bienes. La Era Distributiva cuestionará los viejos principios del capitalismo ortodoxo y, para bien o para mal, será una era de intensa carga política. La producción y el crecimiento ya son sólo problemas de tecnología e ingeniería. La distribución del valor para evitar que el sistema colapse es un urgente problema político.



22 de octubre de 2017

LA ECONOMÍA DE LA FELICIDAD

¿Podemos dar una dirección moral a la economía? ¿Tiene todavía sentido la afirmación de Milton Friedman de que “el único objetivo de una empresa es crear valor para sus accionistas”? ¿A dónde nos lleva este pensamiento económico? Estamos en una encrucijada, un gran punto de bifurcación: la humanidad se puede encaminar hacia un mundo de abundancia, gracias a las nuevas tecnologías; o a una especie de tecno-feudalismo, dominado por una pequeña élite de opulentos inversores y creativos emprendedores, rodeados de una inmensa desigualdad y pobreza. La robótica, la inteligencia artificial, la genómica y los nuevos materiales sitúan a la humanidad ante un horizonte tan esperanzador como incierto. A un lado, el tren de la abundancia: recursos suficientes para todos, gracias a una tecnología liberadora, democrática, simplificadora de problemas y mejoradora de experiencias. Una tecnología que puede disociar a la persona del trabajo: el trabajo puede ser totalmente asignado a las máquinas. Y, al otro lado, el tren del feudalismo tecnológico: el desplazamiento despiadado de empleados por algoritmos digitales y autómatas. La desigualdad, la pobreza y la precariedad impulsada por una nueva versión de ultracapitalismo financiero y tecnológico. Detrás de esa precariedad, la desaparición de las democracias, la quiebra de los estados del bienestar, y la emergencia de extremismos políticos. En el tren de la abundancia, la máquina está al servicio del ser humano. En el otro, el hombre ha perdido su identidad en un mundo biónico y subyugado por el poder de la tecnoeconomía.

Mi nuevo libro, Economía de la Felicidad (Plataforma Editorial), escrito junto con Josep Maria Coll, examina la encrucijada a que nos enfrentamos y propone, sin negar los riesgos distópicos que acechan al porvenir de la humanidad, una hoja de ruta con las claves para aprovechar la oportunidad que representa la tecnología y las posibilidades que ésta abre para acabar con la pobreza, la desigualdad y el trabajo precario. La Renta Básica Universal es condición necesaria, pero no suficiente. Y no es inmediata, debe plantearse a largo plazo. Constituye un horizonte posible, una gran meta como culminación de un sistema, el capitalista, que ha conseguido sacar a millones de personas de la pobreza, pero que puede colapsar como consecuencia de la tecnificación masiva. Necesitaremos grandes dosis de innovación social, y la construcción de nuevos paradigmas basados en una educación capaz de formar personas libres, con sentido crítico, comprometidas socialmente, y con pleno desarrollo de sus capacidades y talento natural.

Podemos avanzar hacia un mundo casi utópico, donde la pobreza se haya abolido, la tecnología trabaje para sustentar el bienestar global, y donde las personas desarrollen su creatividad para ser felices. El talento libre y motivado por un propósito superior es la clave para la construcción de auténticas economías del conocimiento, creativas y humanísticas, generadoras de prosperidad compartida. En ese escenario, la economía de la felicidad es posible.


¡Espero que os guste el libro! Está ya en Amazon (aquí), y en librerías a partir del 30/10 😉

13 de octubre de 2017

REDES SOCIALES, CIBERSEGURIDAD Y DEMOCRACIA

Durante la campaña presidencial americana de 2016, unas 500 cuentas de supuestos ciudadanos americanos fueron sigilosamente abiertas en Facebook. Dichas cuentas compraron más de 3.000 espacios publicitarios políticos, y empezaron a emitir opinión sobre el curso de los acontecimientos, a abrir foros de debate, y a participar en debates preexistentes. Alrededor de las mismas se generaron falsas noticias (“fake news”) y posts inflamatorios (“inflamatory posts”), que se propagaron viralmente por la red, según The New York Times, en un ejercicio de operaciones organizadas por alguna misteriosa entidad, con la aparente finalidad de influir en los resultados presidenciales. Quienes estaban inyectando material de modulación de la opinión pública no eran pacíficos ciudadanos americanos. Eran trolls (agentes anónimos) rusos. Más de 100.000 $ fueron invertidos en la red social por grupos de activistas vinculados a la inteligencia rusa. Su efecto alcanzó a más de 10 millones de usuarios.

Hoy existe una batalla legal para que esas cuentas radiactivas sean desveladas, pero Facebook no quiere hacerlo (aunque sí que las ha compartido con el Congreso norteamericano).  Al fin y al cabo, Facebook es una compañía con negocios globales, y quizá no acierta a ofrecer soluciones a este inesperado problema, que hasta hace muy poco negaba, y que parece que tiene una dimensión muy superior a la que parecía. Sin embargo, la estrategia de intromisión digital va más allá de Facebook. Google ha hecho público que existen evidencias de material de influencia digital rusa en Youtube, Gmail y otras plataformas digitales. Incluso en Instagram, red de amplio uso entre adolescentes.

¿Tuvo Facebook un rol decisivo en la victoria de Donald Trump? Quizá nunca lo sepamos. Pero lo que ha ocurrido es un punto de inflexión en la concepción de la democracia y en el control de los instrumentos que pueden afectarla. Si, en lugar de los 100.000 $ detectados en modo de interferencia rusa para alterar la opinión pública norteamericana, alguien hubiera invertido un billón de dólares, ¿qué hubiera pasado? ¿Se puede modular, o incluso, transformar completamente un estado de opinión en una gran muestra de población conectada digitalmente? El posible impacto de Facebook en el resultado de unas elecciones parece, hoy por hoy incuestionable. Ya en 2010 se llevó a cabo un interesante experimento. En unas elecciones al congreso, se añadió a Facebook una aplicación electoral que constaba de tres gadgets: un mapa con los lugares de voto, un botón “I’ve voted”, y, una vez presionado éste, un gráfico que presentaba la imagen de 6 contactos que también habían votado. Se estimó que la aplicación movilizó directamente 60.000 nuevos votantes (que se hubieran abstenido sin ella), e indirectamente (a través de los contactos), 340.000 votos más. Algo que podía ser absolutamente decisivo, teniendo en cuenta que George Bush ganó Florida (y la presidencia) por sólo 537 votos.

Sumemos a ese brutal potencial de incidir en la opinión y en la conducta del ciudadano los potentes algoritmos de inteligencia artificial que están desarrollando todas las grandes empresas en la frontera digital, y su inmensa base de datos de usuarios (más de 2.000 millones en Facebook). ¿Y si, por ejemplo, Zuckerberg -o alguien que le pague por ello- detecta y segmenta automáticamente todos aquellos usuarios de Facebook cuyo perfil está relacionado con una determinada opción política, e inmediatamente empieza a diseminar material dirigido, para disuadirles de votar, o inducir un cambio de opción de voto? En marketing, las aplicaciones son inmediatas. Si queremos crear un estado de opinión sobre un producto -en positivo o en negativo-, sólo cabe acudir a Facebook. ¿Podríamos generar una campaña ofensiva de desprestigio del competidor, y borrarlo del mapa, a través de fake news u otras artimañas psicológicamente más elaboradas? ¿Podemos crear nuevas necesidades, de la nada, gracias a brutales campañas de márketing indirecto en Facebook? ¿Podemos posicionar o desposicionar un producto o una marca instantáneamente a través de redes sociales? 


En el mundo digital aparecen tantas oportunidades inesperadas como escalofriantes amenazas. A medida que digitalización se extiende, los dispositivos se interconectan y aparecen capas superiores de inteligencia, más y mejores sistemas de prevención y control deben activarse. La seguridad informática y el buen uso de los sistemas de información no sólo serán un tema estratégico a nivel militar, o político. Lo serán por su posible afectación en cualquier ámbito de la vida cotidiana. Este campo dará mucho que hablar en el futuro. Si lo descuidamos, podemos encontrarnos magnates rusos decidiendo elecciones en EEUU o Alemania, yihadistas convirtiendo en misiles las flotas de vehículos autoconducidos de las ciudades occidentales, o hackers norcoreanos dosificando la insulina de los enfermos de diabetes. Si conoce alguna start-up de ciberseguridad, invierta en ella. 

7 de octubre de 2017

DESDE LA DESOLACIÓN

Escribo desde la desolación de una semana que jamás podré olvidar. Empresas emblemáticas han anunciado que abandonan mi tierra, abrumadas por el miedo a la inseguridad jurídica y la incertidumbre ante lo que puede pasar. Caixabank (“La Caixa”), Banc de Sabadell, Gas Natural, Aguas de Barcelona, Oryzon Genomics, Dogi, Service Point… Empresas que temen quedar atrapadas en una especie de tierra de nadie, fuera del paraguas de la Unión Europea, posiblemente el mayor proyecto de solidaridad política y social del mundo. Proyecto que fue diseñado tras un siglo de guerras que desgraciadamente se ha borrado de nuestra memoria colectiva. 

Es cierto que quizá el movimiento de fuga de alguna de esas empresas sea sólo táctico, momentáneo, para tranquilizar a sus accionistas ante la imprevisibilidad y extrema incertidumbre del momento. Muchas volverán, porque sus mercados continúan aquí. Al final, sólo trasladan sus sedes sociales. Pero algo me dice que el fondo es estratégico. Catalunya puede perder en pocos días gran parte de sus activos financieros, tecnológicos e industriales, acumulados a lo largo de años de paciente trabajo. Me temo que una vez en otros entornos, poco a poco, nuevos directivos y nuevos horizontes se irán apoderando de esas compañías, alejando la posibilidad de nuevas inversiones, crecimiento y empleo en Catalunya. Deseo equivocarme. Pero, desgraciadamente, estos días turbulentos han empañado la potente imagen de Barcelona, y su marca internacional. Una ciudad abierta y cosmopolita, cuyo cénit se logró con los magníficos Juegos Olímpicos del 92, otro gran proyecto de colaboración y generosidad. Mucho deben cambiar las cosas para que las imágenes de esta semana, diseminadas por todo el planeta a velocidad digital, no eviten la cancelación de nuevas inversiones y la atracción de talento internacional. Miles de jóvenes estudiantes, que tenían Barcelona entre sus preferencias para formarse y disfrutar de una de las ciudades más bonitas del mundo, pueden estar ya buscando otros destinos en el mapa.

Perdonadme estos días de infinita tristeza. Se me agotan las ganas de seguir hablando sobre innovación, de seguir explicando batallitas sobre países y empresas que despuntan y generan valor, y de seguir motivando alumnos y lectores para que aprendan a innovar con éxito en un mundo cada vez más global, más complejo, y más dinámico. ¿Qué nos está pasando? ¿Vivo en una pesadilla? En una semana han pasado ante mis ojos, como en un surrealista cuadro de Dalí, imágenes de cargas policiales, ciudadanos aporreados por implacables antidisturbios, caceroladas en la noche, banderas por todas partes, escraches, carreteras cortadas, discursos irresponsables, miedos de corralitos, y fuga de sueños, muchos sueños que se van… No conozco la solución, ni quiero caer en la trampa de señalar al culpable. Quizá una generación entera de políticos deba marcharse urgentemente y dar paso a una nueva oleada de líderes que sepan reconducir la situación, buscar consensos, reparar las heridas, y recuperar el valor económico y social perdido.

Por suerte, siempre queda la montaña, el otoño, y el paso del tiempo, que también se llevará unos días tristes, que espero que olvidemos pronto.

25 de septiembre de 2017

SORPASSO DIGITAL

Según Bloomberg (ver aquí), Amazon se ha convertido ya en la empresa líder mundial en I+D, desbancando al antiguo campeón, Volkswagen. No es un tema menor. Es la prueba del nueve de que las tecnologías expansivas que van a impactar de modo más disruptivo en los próximos años son tecnologías de base digital (capitaneadas por la inteligencia artificial), y una nueva evidencia del cambio de signo de la economía del siglo XXI. Dejamos atrás las tecnologías industriales, y nos enfocamos masivamente en tecnologías digitales (sin obviar los campos de interacción entre ellas). Las empresas en la frontera digital, todas ellas extremadamente jóvenes, controlan definitivamente el mundo económico, dejando atrás a gigantes automovilísticos, químicos o farmacéuticos. Entre las diez empresas con mayores presupuestos de I+D del mundo, seis pertenecen a la esfera de la digitalización y las comunicaciones móviles: Amazon, Alphabet (Google), Intel, Microsoft, Huawei y Apple. Amazon invierte en I+D tres veces más que la vieja IBM, y su impacto en la economía se empieza a notar por todas partes. No sólo en el ocaso del retailing mundial (la quiebra de Toys R Us, la gran cadena de juguetes, es la última muestra de cómo el e-commerce está acabando con la distribución tradicional). También en la presión sobre rivales de naturaleza similar, como Google, que ve cómo el público deja de usar su buscador para encontrar productos y ofertas, y desvía su tráfico directamente hacia la gran interfase de compra mundial: Amazon.

¡Cómo ha cambiado el panorama en sólo una década! En 2004 ni una sola de las grandes plataformas digitales del mundo internet figuraba en el podio de la I+D mundial. Si entre los 10 líderes de 2004 encontrábamos 4 empresas automovilísticas (Ford, Toyota, Daimler y General Motors), hoy sólo queda Volkswagen en el “top ten” como último representante del viejo mundo del motor. Si los campeones del incipiente mundo digital eran Microsoft e IBM en 2004, hoy ya son seis los líderes digitales que figuran en el top. Si Siemens y Matsushita aparecían en 2004, hoy no queda ningún grupo industrial en la cima.


La gran batalla competitiva gira definitivamente hacia las tecnologías digitales. Que van a afectar profundamente la forma en que vivimos, trabajamos, aprendemos, consumimos, nos relacionamos, y opinamos, de manera inesperada e inquietante. Basta saber que, durante las últimas elecciones americanas, fueron abiertas en Facebook unas 400 cuentas falsas (conectadas a cuentas rusas), de teóricos ciudadanos norteamericanos, que compraron alrededor de 100.000 $ en diferentes anuncios publicitarios, y generaron infinidad de comentarios políticos (al parecer, de forma automática, mediante bots -robots digitales capaces de sintetizar texto o voz-) con la finalidad aparente de crear estados de opinión e incidir el resultado de los comicios. Ni siquiera Facebook conoce el alcance de este ciberataque (o cibercampaña), como acaba de reconocer el propio Zuckerberg. Una diferencia fundamental de las plataformas digitales respecto a las viejas marcas industriales es que, en un nuevo paradigma de sistemas de información que está en fase de gestación, las primeras no son capaces de controlar el impacto que sus procesos internos y externos pueden generar. Entramos, definitivamente, en la Era Digital.

10 de septiembre de 2017

¿ACEPTARÍAS UN ROBOT COMO CEO?

La Inteligencia Artificial causará en los próximos años una revolución que hará palidecer la llegada de internet. El incremento de potencia de los procesadores electrónicos, combinados con el desarrollo de nuevas tecnologías core en el campo de la Inteligencia Artificial (como machine learning, deep learning o reinforcement learning), más tecnologías de interacción (como visión artificial, realidad aumentada, y reconocimiento de voz y texto) crean el escenario perfecto para una explosión de nuevas aplicaciones en campos como los negocios, la administración, la educación, la defensa o el sistema sanitario.

La Inteligencia Artificial comprende un conjunto de tecnologías capaces de obtener datos del entorno, procesarlos, extraer patrones, tomar decisiones, evaluarlas, mejorar de su experiencia e interactuar de nuevo con el entorno, dando respuesta a los inputs recibidos. La interacción es casi humana (reconociendo imágenes, texto o voz, y respondiendo con inteligencia social, mediante voz o texto). Su expansión redefinirá por completo la relación persona-máquina y multiplicará, si cabe, el impacto de los sistemas de información en la sociedad moderna. Machine learning permite que las máquinas mejoren y corrijan sus errores. Deep learning habilita que se autoprogramen y redefinan sus mecanismos de funcionamiento internos (mediante redes neuronales artificiales que imitan el cerebro humano), y reinforcement learning facilita que aprendan desde cero, a partir de reglas simples, por prueba y error, hasta la frontera de lo posible. Los sistemas que ganaron a los campeones mundiales de Póker o Go desarrollaron excelencia en el juego desde la nada, a partir de sus reglas básicas, jugando miles de veces contra ellos mismos a la velocidad de la luz.

La máquina del futuro (imaginemos, el iPhone de 2030) será un dispositivo con la capacidad de cálculo de un supercomputador, conectado a bases de datos con toda la información disponible en el mundo, capaz de ver, leer y oír como un humano (entendiendo lo que ve, oye y lee); con habilidades de aprendizaje hasta el límite de la eficiencia en una tarea determinada (como jugar al ajedrez, analizar una inversión, identificar un cáncer a partir de una imagen, o detectar un estado de ánimo por la expresión facial de una persona); y capaz de interactuar (hablando o escribiendo) con inteligencia social y emocional casi humana.

Las aplicaciones de este tipo de dispositivo son infinitas. Imaginación al poder. Hoy existen algoritmos digitales que atienden consultas de alumnos en universidades, analizan inversiones, aconsejan estrategias jurídicas, diseñan logos, componen sinfonías, pintan cuadros (identificando los trazos o los ritmos de Bach o Rembrandt respectivamente, y replicándolos en nuevas combinaciones creativas), escriben noticias de actualidad, deciden titulares en periódicos, diagnostican enfermedades, o atienden a clientes en procesos de venta. Cada día aparecen noticias más sorprendentes sobre la Inteligencia Artificial: desde start-ups que ofrecen clones digitales de una persona (ver  http://eterni.me/: algoritmos que “captan” su personalidad, sus expresiones, y sus patrones de toma de decisiones y quedan almacenados para la eternidad como un avatar digital -quizá en un smartphone-, para cuando usted ya no esté), a sistemas capaces de anticipar enfermedades, o determinar orientaciones sexuales a partir de sus expresiones faciales (ver noticia aquí). China, país que ha apretado el acelerador con la vista puesta en el liderazgo mundial en esta (y otras) tecnologías, se propone desplegar sistemas ubicuos de reconocimiento facial para aplicaciones de seguridad. En China, alguien reconocerá en todo momento su cara para darle acceso a su oficina, al tren o al médico. También determinarán, en base a ella, si puede usted ser un asesino, si es homosexual, o si está sufriendo una depresión (ver aquí). El lado oscuro de la fuerza estará presente en la Inteligencia Artificial.


La revista Journal of Management Inquiry me ha publicado un artículo sobre el futuro del management en un mundo de cerebros electrónicos (ver aquí). ¿Cuál es el futuro del management (una ciencia social), en un mundo donde los humanos seamos reemplazados de forma creciente por máquinas, tanto en actividades repetitivas como específicas, cognitivas o manuales?. ¿Puede un robot dirigir una organización? ¿Puede liderar? ¿Puede emprender? El management se va a ver fuertemente impactado por estos sistemas. No sólo en aquéllos procesos de negocio más dependientes de los datos y de la optimización matemática (como la dirección de operaciones o el supply chain). También en procesos que requieran creatividad, estrategia y socialización. Alguien puede creer que la dirección estratégica, la innovación o la relación con el cliente serán las últimas reservas del management humano. Pero la fuerza de la tecnología nos presenta cada día más evidencias de que las máquinas también son capaces de desarrollar mejores estrategias, mejores diseños creativos, más innovación y mejor interacción con el cliente que los humanos. ¿Cuánto tiempo tardaremos en ver nuestros CEOs substituidos por algoritmos de machine learning?

1 de septiembre de 2017

IND+I SCIENCE: PREMIS PER LA RECERCA ORIENTADA A CATALUNYA

IND+I Viladecans (http://indi.cviladecans.cat/) és una iniciativa de l’Ajuntament de Viladecans, juntament amb la Generalitat de Catalunya, Incasòl, Delta BCN, Diputació de BCN i Àrea Metropolitana. L’objectiu: generar coneixement i opinió, debatre i liderar iniciatives sobre innovació, recerca industrial i noves tecnologies per tal de millorar la competitivitat territorial i crear impacte econòmic i social. Compta amb el suport de la Universitat de Vic- Universitat Central de Catalunya, Eurecat, EsadeCreàpolis, Pacte Industrial de la Regió Metropolitana, Deusto, Fira de Barcelona, Pla Estratègic Metropolità, CECOT, Cambra de Comerç de Barcelona i Roca Radiadors, entre d’altres.

Una de les seves iniciatives és IND+I Science. El seu objectiu és alinear la recerca existent sobre innovació per tal d’orientar-la a la generació de coneixement útil pel desenvolupament competitiu de Catalunya. Amb aquesta finalitat, l’IND+I Science llança 8 premis de recerca per propostes de tesis doctorals amb impacte sobre innovació, indústria i l’agenda de les ciutats sostenibles. La iniciativa es fa conjuntament amb l’Institute for Innovation and Public Purpose de la Dra. Mariana Mazzucato (https://www.ucl.ac.uk/bartlett/public-purpose/news/2017/jul/iipp-joins-forces-indi-launch-competition-develop-new-notions-public-value)

A Catalunya existeix talent, i es fa recerca de qualitat en l'àmbit de la innovació, la indústria i l'agenda de les ciutats sostenibles. Les universitats catalanes disposen de nombrosos grups de recerca relacionats amb aquests temes i, contribueixen de forma rellevant a les revistes científiques especialitzades d’arreu del món.
 
No obstant, aquesta producció de coneixement està atomitzada. La major part de les nostres universitats, departaments i instituts no connecten entre ells la recerca generada ni l’alineen en base a un fil o objectiu comú d’acumulació de coneixement.  Això fa que en general, la recerca no sigui directament útil per a la nostra economia i societat. Es podria dir que aquesta falta de direccionalitat general també és causada per la falta d’un encàrrec sistemàtic des de les institucions públiques i privades que podrien ser-ne usuàries. L'Institut Basc per la Competitivitat, Orkestra (DEUSTO – Govern Basc), seria un bon exemple de com es pot fer ambdues coses, amb un resultat evident pel que fa a la influència del pensament i recerca científiques sobre el disseny i la implementació de polítiques públiques de desenvolupament econòmic i territorial d’Euskadi. Es tracta de fer possible, en el cas de la innovació, la indústria i les ciutats, el que sembla moltes vegades impossible: la tercera missió de les universitats.

L'IND+I inicia aquest curs el projecte IND+I Science per a omplir aquest buit, en un moment històric de revolució tecnològica en el que moltes coses de la nostra vida i la nostra manera de consumir i produir de bens i serveis està canviant radicalment. Els 8 premis de 1.500 euros d’enguany són el primer pas per anar construint un espai - palanca de generació de coneixement que sumi tot el que ja s'està fent en aquest àmbit. Poden presentat assajos els estudiants de doctorat d’una Universitat de Catalunya o, en cas d'estudiants catalans, també de qualsevol programa de doctorat d’universitats espanyoles o estrangeres.

Per a assegurar la màxima qualitat científica i la connexió del coneixement generat a Catalunya amb el de la resta del món, l’IND+I Science compta amb la col·laboració activa de Mariana Mazzucato, ponent principal de l’última edició de la jornada IND+I, i el recentment creat Institute for Innovation and Public Purpose (University College of London) que ella dirigeix i des del que apadrina aquesta iniciativa. Aquest soci formarà part del jurat, tot prioritzant l’exploració, en els àmbits de la innovació, la indústria i les ciutats, de l’ús de conceptes i mètriques diferents de valor públic per aconseguir objectius socials i de sostenibilitat, en la línia del model d’innovació per missions proposat per ella.
 
D’altra banda, per a convocar aquests premis de recerca, l’Ajuntament de Viladecans compta amb el finançament de l’Àrea Metropolitana de Barcelona i suma de manera estratègica amb el Pla Estratègic Metropolità de Barcelona i el Pacte Industrial de la Regió Metropolitana de Barcelona, dos associacions compromeses amb el desenvolupament i la sostenibilitat del territori metropolità i amb vocació de contribuir a incentivar, divulgar i apropar  el coneixement basat en evidència científica als agents públics i privats que prenen decisions al nostre país.

Per més detalls, podeu veure aquí les bases dels premis: http://indi.cviladecans.cat/wp-content/uploads/Convo-indi-science-en.pdf. No us despisteu, el termini s’acaba el 20 d’octubre.

Xavier Ferràs i Jordi Garcia, President i Secretari del Comitè Científic IND+I



30 de agosto de 2017

COSTE MARGINAL CERO

¿Nos acercamos a una economía de coste marginal cero? Esta es la tesis que anticipaba Jeremy Rifkin hace unos años en su libro “The Zero Marginal Cost Society”. ¿El avance de la tecnología nos lleva a un modelo económico donde bienes y servicios se produzcan a coste cero? Parece que es así. La economía digital tiene naturaleza de coste marginal cero. Desarrollar un nuevo programa de software (por ejemplo, un nuevo sistema operativo) es una inversión significativa. Pero la segunda unidad es una copia digital de la primera, cuyo coste de producción es nulo. Esta característica se extiende a medida que la economía se digitaliza: realizar una superproducción cinematográfica, un nuevo single musical, o un best-seller significa una inversión en tiempo y dinero. Pero los canales digitales las distribuyen a coste cero. El coste marginal de un usuario más en Facebook es cero. El coste de formar un alumno más en un curso on-line, o a través de un MOOC es nulo. Una vez programado un sistema automático de inteligencia artificial (un “bot” -robot de voz-) para atender al alumno en una universidad, para recibir quejas del cliente en un call center, o para asesorar clientes on-line en una entidad bancaria, el coste de un servicio adicional (una nueva consulta) es cero. Y, el sistema puede atender miles, o cientos de miles de consultas simultáneas. Cuando tengamos sistemas de asesoramiento personalizado basados en inteligencia artificial (en medicina o derecho, por ejemplo) dispondremos de médicos o abogados a coste cero. Cuando se popularicen los avatares digitales interactivos, el coste de un profesor digital, o de un responsable de ventas digital con capacidad cognitiva casi humana será cero. El coste de un transportista será cero cuando se extiendan los algoritmos de conducción automática: el primer algoritmo de, por ejemplo, un nuevo modelo de Tesla tendrá un coste de desarrollo muy elevado. Pero el mismo algoritmo podrá ser distribuido digitalmente, a coste cero, a todos los vehículos de Tesla. Y, a medida que dichos algoritmos aprendan de su experiencia (machine learning), transmitirán sus conocimientos (se actualizarán las versiones de software) a coste cero al conjunto de vehículos Tesla, haciéndolos más y más eficientes

La presión hacia el coste cero no sólo se debe a la naturaleza de los sistemas digitales. Los propios sistemas digitales hacen más eficiente la competencia económica y la disponibilidad de información en otros sectores. Por ejemplo, mediante sistemas de economía colaborativa. La presión hacia el coste cero se ejerce también mediante agresiva innovación de procesos o mediante operaciones corporativas y brutales economías de escala (es interesante ver cómo Whole Foods, cadena de supermercados orgánica, posicionada en el segmento premium está bajando precios por debajo de la cadena de descuento Walmart, tras la compra de la primera por Amazon). Y la propia revolución tecnológica genera una potente deflación en los productos. La tecnología, con ciclos de desarrollo cada vez más cortos, es una increíble fuerza deflactora (reductora de precios): un producto tecnológico de nueva gama pierde buena parte de su valor inmediatamente después de su compra, obsoletado inmediatamente por nuevas generaciones de producto.

El fenómeno se extiende más allá de los sectores de naturaleza nativa digital. No sólo el procesado de bits tiende al coste marginal cero: también el procesado de átomos o de células. La impresión 3D permite, en manufacturing, avanzar hacia un modelo de producción doméstica, en el cual, a partir del plano digital, y disponiendo del material, la fabricación de una nueva pieza tenga coste marginal cero. Laboratorios biológicos son capaces de tratar información genética (con principios y soportes digitales), para desarrollar alimentos artificiales (genéticamente idénticos a los originales) a partir de células madre, virtualmente de la nada. La materia y la energía se tratarán de forma creciente y cada vez más eficiente, a partir de información digitalizada, transfiriendo los principios de la digitalización a productos físicos y sistemas biológicos.

Todo ello genera una gran paradoja en el capitalismo: para la economía ortodoxa, en un sistema perfectamente competitivo, el ingreso marginal iguala el coste marginal. Pero si el coste marginal es cero, ¿cómo generar ingresos marginales? Y, aún más, ¿cómo mantener márgenes empresariales?. En términos de estrategia competitiva: ¿cómo competir con alguien que es capaz de generar productos y servicios a coste cero? En términos socioeconómicos: ¿cómo mantener una economía de bienes y servicios gratuitos, cuya producción no genera costes (tampoco costes salariales)? Se abren escenarios tan utópicos como escalofriantes.



21 de agosto de 2017

LA ECONOMÍA DE LA ABUNDANCIA

India ha decidido substituir el despliegue de 14 GWatts de energía térmica por energía solar. Renuncia a seguir quemando carbón, ante el exponencial incremento de eficiencia de la tecnología solar y la caída en picado de su precio, a niveles hasta hace poco considerados imposibles. En Alemania, los récords de obtención de energía limpia se suceden: durante tres días de mayo, el 85% de la electricidad consumida provino de fuentes renovables. En 2016 ya había conseguido que la totalidad de su energía, por un día, fuera renovable, algo que podría ser habitual en 2030. Son hitos limitados, pero que apuntan a un futuro esperanzador. El progreso de la energía solar sigue la llamada “ley de Swanson”: su precio cae un 20% cada vez que la producción mundial se duplica. Incluso en la América de Trump, las renovables han superado en suministro eléctrico a la energía nuclear, y los estados más innovadores, como California y Massachusetts plantean alimentarse íntegramente de energías renovables en 2045 y 2050, respectivamente.

Sorprendentemente, avanzamos hacia un escenario de abundancia energética. Un mundo de energía casi infinita, a coste casi cero, es factible. El acelerado progreso tecnológico rompe las barreras de lo imaginable hasta hace muy poco. Y es que la tecnología es una increíble fuerza liberadora de recursos. En 1870, sólo el inmensamente rico rey de Siam disponía de cubiertos de aluminio, un recurso más escaso (y más caro) entonces que el oro. Hasta que dos químicos, Halt y Heroult, descubrieron el proceso de síntesis de aluminio a partir de la bauxita (uno de los minerales más abundantes de la tierra), haciendo su uso asequible a todo el mundo. La ciencia y la tecnología hacen posible lo imposible.

Hoy se suceden avances insólitos, que hace sólo 25 años hubieran parecido ciencia-ficción. Disponemos de información infinita e instantánea a coste cero (internet). Posibilidades gratuitas de localización avanzada por satélite (vía GPS) y mapas detallados de cualquier parte del mundo (Google Earth). Comunicaciones móviles ubicuas. Almacenamiento de memoria y proceso de datos casi ilimitado. Ocio digital inacabable (vídeos, música, juegos, libros, fotografía). Interacción social digital gratuita sin límites (Facebook). Tenemos en nuestras manos una inimaginable abundancia de datos para procesar, progresar, aprender, e interactuar, a coste cero. Y la revolución tecnológica extiende la abundancia a otros campos. La síntesis artificial de alimentos avanza decididamente hacia la generación de comida infinita, creada en laboratorio, a partir de células madre, a coste exponencialmente decreciente. ¿Chocante? El propio Winston Churchill ya predijo en 1931 que la humanidad “se liberaría de la absurdidad de hacer crecer pollos enteros para alimentarse”. La primera hamburguesa artificial, generada a partir de células de vaca vio la luz en 2013. Costó 325.000 $. Hoy se producen ya por 11 $ la unidad. En pocos años su precio se reducirá significativamente por debajo de las hamburguesas convencionales y entrarán masivamente en el mercado. La carne sintética es genéticamente idéntica a la original, pero creada sin animales. Sin granjas. Sin coste medioambiental. Sin deforestación y sin consumo masivo de agua como requiere la producción tradicional. La carne artificial no contiene antibióticos, ni bacterias. Se utiliza un 99% menos de espacio, un 96% menos de agua, y se eliminan las emisiones de CO2 animal (una de las principales causas de contaminación mundial). Se prepara una disrupción a gran escala en el sector de la alimentación: en pocos años, miles de silenciosos laboratorios alimentados por energía solar fabricarán filetes de cerdo, pollo o vaca, de la nada, a coste marginal cero.

Quizá Malthus estaba equivocado: en lugar de superpoblación y escasez de recursos, el futuro puede ser de equilibrio demográfico y abundancia. Las sociedades, a medida que se incorporan a economías avanzadas y acceden a sanidad y educación, frenan sus tasas de fertilidad. Pronto, sólo crecerá África, el gran problema latente. Japón, de hecho, es un país muy viejo. Europa y EEUU envejecen. Incluso las poblaciones de China y Latinoamérica dejan de crecer demográficamente. Con todo ello, podemos ser optimistas. Pese a nuestra adicción a las malas noticias, vivimos en el mejor de los tiempos posible. Según The Guardian, la proporción de población mundial en extrema pobreza ha caído por debajo del 10% por primera vez. La mortalidad infantil es la mitad que la de 1990, y 300.000 nuevas personas acceden a electricidad cada día. La alfabetización ya alcanza el 85% de la población mundial. Y hemos creado más conocimiento científico en las dos últimas generaciones que en las 10.000 que las precedieron. Si dejamos que la fuerza de la tecnología siga actuando, podemos aspirar a un futuro esperanzador, en el que la riqueza de los países no dependa de pozos de petróleo, sino de su talento y de la fuerza del sol; y en el que alimentación, información, energía, educación, y sanidad se produzcan a coste marginal cero, y su acceso sea, por tanto, universal.

Quizá las turbulencias económicas y políticas que sufrimos sean los síntomas de la convergencia global hacia un nuevo modelo económico, la paradójica transición a una economía de   abundancia y coste marginal cero, que no comprendemos y que deberemos aprender a gestionar. De hecho, los principios económicos a los que estamos acostumbrados se sustentan en hipótesis de escasez y competencia por recursos limitados. El principal reto de los años venideros es acelerar el ritmo de tránsito hacia esta economía de la abundancia, incrementando las inversiones en I+D, y generando los mecanismos distributivos para extender la riqueza tecnológica a todo el planeta.

(Artículo publicado originalmente en La Vanguardia, el 20/08/2017)


17 de agosto de 2017

LA PARADOJA DE POLANYI

Sabemos mucho más de lo que podemos explicar. Esta es la famosa “paradoja” de Polanyi, economista austríaco que se dio cuenta de la existencia de conocimiento humano imposible de explicitar. Podemos hacer infinidad de cosas, pero no somos capaces de explicar con claridad cómo las hacemos. Por ejemplo, ¿cómo diferenciar un perrito de una magdalena en la foto adjunta (“muffins or puffins”)? ¿Podríamos explicitar en una serie de reglas codificables cuándo nos encontramos ante una magdalena o ante una adorable mascota? O, por ejemplo, ¿qué mecanismos nos llevan a identificar una silla? ¿Podría un ordenador identificar una silla? Si le diéramos instrucciones precisas de qué es una silla (mediante conocimiento codificado: “instrumento de cuatro patas, tabla plana y respaldo”), inevitablemente se equivocaría en múltiples casos: hay sillas sin respaldos, sillas de tres patas, e infinidad de objetos que parecen sillas pero no lo son. Si aceptamos que las sillas pueden no tener respaldo, ¿cómo diferencia un ordenador una silla de una mesa? La única manera: haber visto muchas sillas. El conocimiento tácito se basa en la experiencia

K.Zak, de
https://hbr.org/cover-story/2017/07/the-business-of-artificial-intelligence
Cuando reconocemos la especie de un grupo de pájaros en vuelo por la forma de moverse, cuando realizamos los movimientos precisos para romper un huevo en el canto de una taza para hacer una tortilla, o cuando identificamos la cara de un conocido, después de años sin verlo, pese a sus cambios evidentes, estamos utilizando conocimiento tácito. Lo tenemos, pero no sabemos cómo expresarlo. Ni mucho menos, cómo codificarlo en instrucciones precisas. Un conocimiento que, bajo los métodos clásicos de programación, no ha podido transmitirse a un sistema informático, y que ha sido una gran reserva de trabajo cognitivo humano.

La inteligencia artificial está cambiando el paradigma de funcionamiento de las máquinas en la medida que está rompiendo la frontera del conocimiento tácito. Hasta hace poco, un programa informático sólo era la expresión ordenada de conocimiento codificable (explícito). Sus programadores identificaban una secuencia de rutinas, las codificaban en un software, y el procesador ejecutaba exactamente aquello que estaba explicitado en las líneas de programación. El ordenador reproducía aquello que sabían (y habían escrito en líneas de código) sus programadores. Eso sí, con una potencia de cálculo y velocidad de ejecución infinitamente superiores a las humanas. Pero muchas tareas habituales, tanto cotidianas como complejas, no podían ser informatizadas porque no conocíamos las instrucciones explícitas. Se sustentaban en conocimiento tácito.

Hoy, la estrategia de desarrollo de programas informáticos ha cambiado de forma revolucionaria bajo el prisma de la inteligencia artificial. Las máquinas no son programadas de forma “lineal”, como antiguamente, sino que son capaces de aprender de la experiencia, desde cero, y reprogramarse a sí mismas para ser cada vez más eficientes en la consecución de un logro. Es lo que ha venido a llamarse “machine learning”, tecnología sustentada en redes neuronales artificiales que simulan el cerebro humano. AlphaGo, el algoritmo de inteligencia artificial que ha derrotado ya por dos veces a los sucesivos campeones mundiales de Go (en 2016 y 2017) aprendió por sí mismo, desde la nada. Se le marcaron las restricciones (reglas de juego: qué movimientos podía realizar y cuáles no), el objetivo (condiciones en que se gana la partida), y se le entrenó observando miles de partidas reales, y jugando otras tantas contra sí mismo. Hasta que desarrolló autónomamente, mediante prueba y error, un nivel de conocimiento tácito, dotado de una cierta intuición lógica, que lo hizo invencible.

Las máquinas ya desarrollan conocimiento tácito propio en base a la experiencia. A partir de este momento, lo que puede suceder es absolutamente apasionante. Las aplicaciones en negocios, en medicina, en derecho, o en educación, son inimaginables. Quizá su coche, o la puerta de su casa, le reconocerán mediante visión artificial abrirán en cuanto se aproxime. Quizá las técnicas de venta se modulen en función de la expresión facial del cliente (detectando su predisposición a comprar). Pronto podrá hacer una foto con su móvil de una mancha inquietante en la piel, para detectar inmediatamente si puede ser un cáncer o no. O de un insecto que encuentre en el bosque, para conectar con Wikipedia y explicarle qué es a su hijo.

Se espera una gran aceleración del progreso humano guiada por las aplicaciones de la inteligencia artificial en ciencia. Según uno de los fundadores de Deep Mind, la empresa comprada por Google que desarrolló AlphaGo, el último hombre capaz de acumular todo el conocimiento de su época fue Leonardo da Vinci. Hoy, la solución a problemas científicos difícilmente pueda concretarse con la simplicidad y brillantez de unas pocas ecuaciones, como pudo hacer Newton. En la era del Big Data, la conexión global y los sistemas complejos, el avance de la ciencia requiere de instrumentos mucho más potentes. Y la inteligencia artificial nos los ofrece: las máquinas son capaces de intuir patrones y de formular hipótesis ante la observación de fenómenos complejos. Pueden hacer visible lo invisible a ojos humanos. Robots investigando, sistemáticamente, 24 horas al día, haciendo avanzar de forma desbordante la frontera del conocimiento. Las implicaciones para el avance de la ciencia pueden ser inconmensurables.

Sin embargo, se nos presentan algunas inquietudes: en primer lugar, una duda casi filosófica ¿cómo codificar el conocimiento tácito ganado por las máquinas? En la medida en que los sistemas aprenden de sí mismos y se auto-programan, el programador humano pierde el control de lo que ocurre y no es capaz de comprender los outputs de la máquina. No sabemos cómo razonan. Tampoco podemos llegar a comprender, en caso de errores, por qué se producen (ni corregirlos). Las máquinas generan conocimiento tácito, pero éste sigue siendo tácito: no pueden explicitarlo ni transmitirlo a los humanos. Dispondremos de sistemas capaces de resolver problemas complejos, pero quizá no lleguemos a saber cómo los resuelven. La paradoja de Polanyi seguirá siendo válida: en este caso, las máquinas sabrán más de lo que nos explicarán.


En segundo lugar, si realmente estamos en la frontera de una nueva (y quizás definitiva) revolución de conocimiento, la explotación sistemática del conocimiento tácito, ¿quién puede ser el ganador en términos económicos de este juego? Con toda seguridad, aquellas compañías que ya se sitúen en la frontera digital, y que ya esté apostando decididamente por la inteligencia artificial: los gigantes digitales americanos (Facebook, Google, Apple, Microsoft, IBM…). Pero también las grandes corporaciones chinas (Alibabá, Baidu, Tencent…). Las implicaciones geoestratégicas en el liderazgo mundial serán críticas.

(Para más información, ver el excelente artículo de HBR: The Business of Artificial Intelligence https://hbr.org/cover-story/2017/07/the-business-of-artificial-intelligence)

13 de agosto de 2017

LOS FUNDAMENTOS DE LA ESTRATEGIA

Hoy en día, en el mundo corporativo, tenemos una sobredosis de "estrategia" (como también de "innovación"). La estrategia se ha vulgarizado, de una forma incluso más ostentosa y evidente que la innovación. Un concepto que debería considerarse sacrosanto en toda organización, la estrategia (el máximo exponente de la práctica directiva) es un término que aparece en cualquier parte: planes estratégicos, políticas estratégicas (lo que es un oxímoron -las políticas no pueden ser estratégicas porque, precisamente, derivan de la estrategia: o son políticas o son estrategia-), acciones estratégicas, estrategia de calidad, estrategia financiera, márketing estratégico, operaciones estratégicas… Cuando queremos incidir en la importancia de cualquier acción corporativa, sólo basta calificarla de "estratégica".

La estrategia es la esencia de la competición, la propuesta de valor maestra que genera ventajas competitivas que nos permiten superar a los rivales. La estrategia se basa en una idea original seguida de una secuencia de actuaciones explicitadas o no, coherentes y consecuentes entre ellas. La estrategia se concreta en movimientos focalizados, que concentran fuerzas en una maniobra o serie de maniobras (de desarrollo de producto, de despliegue logístico, de generación de marca, de captura de nuevos mercados geográficos, de dominio de una tecnología avanzada...) que permite a la organización diferenciarse y superar  de forma sostenida los resultados de los competidores (en crecimiento de mercados, en productividad, en retorno de la inversión…). Diseñar la estrategia supone tomar decisiones. Concentrar recursos (humanos y financieros) en algunos ámbitos (y retirarlos, por tanto, de otros) para enfocar la energía organizativa en ese conjunto de actuaciones que nos diferenciarán. Una buena estrategia pasa por detectar la oportunidad del entorno, y movilizar decididamente el grueso de los recursos disponibles en desarrollar dicha oportunidad. Una buena estrategia confronta fortalezas con oportunidades, aprovecha las competencias y capacidades existentes, concentra recursos en el momento, segmento de mercado y punto de la cadena de valor oportunos, y genera con ello un efecto palanca en la competitividad de la empresa.

¿Qué NO es estrategia? Desde luego, no es estrategia un simple listado de intenciones (“ser el líder global en distribución de productos de consumo”) ni un glosario de objetivos ambiciosos (“nuestra estrategia es conseguir un crecimiento sostenido anual mínimo del 10%, manteniendo rentabilidades sobre activos superiores a la media del sector”). Tampoco es estrategia un petulante y superficial ejercicio de idealismo (“crear un mundo sostenible mediante la introducción de biocombustibles de última generación tecnológica”), de definición de misión (“generar valor al accionista a través de experiencias superiores de consumidor”), ni de concreción de valores (“nuestra estrategia es la innovación –¡esta palabra no puede faltar! y el comportamiento ético y responsable" -¡pues claro!). No es un brindis al sol, ni tampoco es un simple plan operativo o plan de negocio que nos describa cuáles van a ser nuestras ventas y qué recursos operativos y financieros vamos a destinar a conseguirlas ¿Qué justifica, en última instancia, esos números?  ¿Cuál es la naturaleza de nuestro enfoque competitivo para conseguir esos objetivos? ¿Se van a quedar quietos, nuestros competidores, mientras nos hacemos con el mercado?. La estrategia no es un Power Point de bonitos gráficos inspiradores, ni un Word de grandilocuentes visiones y misiones, ni un Excel de detallados objetivos de microgestión.

La estrategia en negocios, como subscribiría Clausewitz en la guerra, es un concepto sutil, fluido y energético a la vez. Es el diseño nuclear del planteamiento competitivo, que, como en un campo de batalla, se desplaza y cambia dinámicamente allá donde existan oportunidades de concentrar fuerzas y flanquear o desbancar las líneas enemigas (en business, oportunidades de diferenciarnos). La estrategia consta de un análisis certero de la realidad (diagnosis), de una propuesta diferencial de valor (ahí es donde entra la innovación), y de un plan de actuaciones flexible, consecuente y coherente. Y, como en la guerra, a menudo, sólo está en la mente del general. De hecho, la estrategia competitiva, si realmente es estrategia, jamás se debería explicar en memorias corporativas ni hacerse evidente al rival…

(Si se hace, entonces, como dice Richard Rummelt en su libro Good Strategy, Bad Strategy, es que no es estrategia… En sus palabras, es un “fluff” ;-)

3 de agosto de 2017

LA NUEVA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Según Klaus Schwab, director ejecutivo del World Economic Forum, estamos inmersos en la cuarta revolución industrial. La primera, en el siglo XVIII, utilizó vapor y energía hídrica. La segunda, a finales del siglo XIX, fue impulsada por la electricidad y el ferrocarril. La tercera, a caballo de la Guerra Fría, alumbró el ordenador y la era del silicio. Y ahora nos encontramos en la transición hacia un nuevo paradigma de conectividad total. La cuarta revolución industrial llega 10 veces más rápido que la primera, y afecta a una base de población 300 veces superior. El impacto estimado es, según McKinsey, 3000 veces mayor. La nueva revolución está guiada por la transformación digital. Si, hasta el momento, la realidad física y la realidad digital eran mundos asíncronos, hoy ambos están convergiendo hacia una única realidad. Cincuenta billones de dispositivos se conectarán a internet hasta 2020. Lo que veremos a través de la pantalla de nuestro ordenador será una imagen en tiempo real de lo que está ocurriendo: sabremos cómo está y dónde está todo. Desde nuestro móvil tendremos control de lo que está pasando en nuestra empresa, en nuestra cadena logística, o en nuestro hogar. Cuando nos compremos un producto, sabremos dónde y cuándo ha sido fabricado (¿en países con explotación infantil?), bajo qué estándares de calidad y medio ambiente, y en qué condiciones de peso, temperatura e iluminación ha sido transportado. Los automóviles serán potentísimos centros de datos: 250 millones de coches conectados circularán por las carreteras en 2020, cada uno de los cuales generará 4.000 gigabytes por día. Pronto, la información que proporcionarán nuestros coches valdrá más que el propio vehículo (se calcula que el volumen de negocio alcanzará los 750 billones de dólares en 2030). Campo abonado para el emprendimiento: aparecen nuevas oportunidades en la digitalización y mapeo del entorno mediante la integración de la información recibida, en la detección de párkings, en el análisis de defectos en la infraestructura urbana, en el control medioambiental, en la predicción de atascos o en la prevención de averías.  Pero también conoceremos la percepción de nuestros clientes sobre nuestras marcas a través del análisis de sus comentarios en las redes sociales. Incluso, podremos monitorizar su estado de ánimo. O visualizaremos nuestras variables físicas para determinar si sufriremos hipertensión o estrés. El mundo que viene es un mundo dirigido por datos, y con increíble potencia anticipativa. La extensión de la inteligencia artificial nos permitirá predecir un pedido de cliente antes de que éste se produzca, advertir de una potencial depresión en un adolescente (a través de sus comentarios en Facebook), o prevenir un posible infarto días antes de que ocurra. Hoy, la combinación de inteligencia artificial y visión por computador puede incluso anticipar la fecha probable de muerte en algunos tipos de enfermedades.

En este entorno, parece que son las plataformas digitales, las que están saliendo victoriosas. Se consolida el imperio GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple) en la Champions League de las superpotencias tecnológicas. La cuarta revolución industrial será el escenario de un choque entre empresas nativas digitales, que avanzan agresivamente hacia el mundo físico (la compra de los supermercados Whole Foods por Amazon, o las iniciativas de Google, Apple o Uber por desarrollar sus propios vehículos son ejemplos de ello); y empresas provenientes del mundo físico que intentarán adquirir ventajas competitivas del mundo digital, mediante procesos de transformación (o reinvención). En la definición de este nuevo paradigma, parece más rápido que una gran plataforma digital ocupe más y más espacios de negocio físicos, que a la inversa. La llamada “transformación digital”, proceso en el que están inmersas miles de empresas, no es tan sencilla: significa integrar una docena de tecnologías disruptivas de base digital al conjunto de procesos físicos de negocio. ¿Por dónde empezamos? Los expertos coinciden en situar los datos en el centro de la estrategia, crear un “lago de datos”, para después analizar cómo extraer valor de los mismos. Las empresas que han triunfado en su conversión en empresas digitalizadas y dirigidas por datos, se han sumado al colectivo llamado “Industria 4.0”, paradigma resultante de la convergencia e integración de un conjunto de tecnologías de base digital (impresión 3D, internet de las cosas, vehículos autoconducidos, realidad aumentada, robótica avanzada, e inteligencia artificial, entre otras). Un modelo de industria que es capaz, sorprendentemente, de competir a la vez en rapidez, flexibilidad y coste (hasta el momento lo que era rápido o personalizado no era competitivo en coste), con creciente independencia de las economías de escala (es eficiente producir en series cortas) y de la producción en países emergentes (la producción digitalizada tiene el mismo coste aquí que en China). Una increíble oportunidad para Europa, que asiste a un nuevo e incipiente renacimiento industrial

Y, en medio de esta revolución tecnológica, la innovación española sigue dando inquietantes muestras de debilidad. Según el reciente informe COTEC, el conjunto de la UE se tecnifica e invierte un 25% más en I+D que antes de la crisis. Mientras, la economía española invierte un 10% menos. El retroceso nos devuelve a niveles de 2004, con recortes acumulados del 50% en el gasto público en ciencia y tecnología. El número de empresas que declara realizar actividades de I+D es un 35% inferior a hace una década. Sorprende el destacable esfuerzo de las PYME’s, que se revelan como las más eficientes de la UE en atracción de recursos europeos de I+D. Quizá porque en el entorno cercano no encuentran toda la financiación que sería necesaria.

Artículo publicado originalmente en La Vanguardia, el 16/07/2017